Archicofradía Huerto

Archicofradía del Santísimo Sacramento de la Parroquia de los Santos Mártires

Desde el principio del cristianismo, la Eucaristía es la fuente, el centro y el culmen de toda la vida de la Iglesia. Las constituciones apostólicas (hacia el año 400), disponen que, después de distribuir la comunión, las especies sean llevadas a un sacrarium. El sínodo de Verdún, del siglo VI, manda guardar la Eucaristía “en un lugar eminente y honesto, y si los recursos lo permiten, deben tener una lámpara permanentemente encendida”. Las píxides de la antigüedad eran cajitas preciosas para guardar el pan eucarístico. León IV, en el siglo IX, dispone que “solamente se pongan en el altar las reliquias, los cuatro evangelistas y la píxide con el Cuerpo del Señor para el viático de los enfermos”.

En todo caso, conviene recordar que la devoción individual de ir a orar ante el Sagrario tiene un precedente histórico a partir del siglo XI en el monumento del Jueves Santo, aunque ya el Sacramentario Gelasiano habla de la reserva eucarística en este día. La devoción de orar individualmente ante el sagrario empezaría a generalizarse a principios del siglo XIII.

El origen histórico de las Cofradías del Santísimo Sacramento hemos de situarlo en 1246, cuando el Obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, instituyó en su Diócesis la fiesta del “Corpus Domini”. Poco después, el 8 de septiembre de 1264, el papa Urbano IV, antiguo arcediano de Lieja, extendió la festividad a toda la Iglesia latina, mediante la bula “Transiturus”.

Diócesis y órdenes religiosas aceptaron la fiesta del Corpus, celebrada en 1324 en todo el mundo cristiano. Los festejos del Corpus implican ya en el siglo XIII una procesión solemne, en la que se realiza una “exposición ambulante del Sacramento” para bendecir los campos, realizar determinadas rogativas, etc. Si bien, el particular incremento de estas corporaciones y de las procesiones eucarísticas se debe al Concilio de Trento (1545 – 1563), que obligó a todos los obispos a erigirlas en las Parroquias de sus respectivas Diócesis.

En España, Dña. Teresa Enríquez, conocida como la “loca del Sacramento”, promovió la fundación de las Cofradías del Santísimo al estilo de una corporación sacramental existente desde 1501 en la romana iglesia de San Llorente in Dámaso. Incluso no habían pasado cincuenta años desde el descubrimiento de América cuando estas cofradías, antes de la fundación de la “Minerva”, estaban difundidas en las regiones de México y el Perú, asegurando la adoración eucarística, la reparación por las ofensas y desprecios contra el Sacramento, el acompañamiento del Santísimo cuando es llevado a los enfermos o en procesión, el cuidado de los altares y las capillas del Santísimo, etc.

La Cofradía del Santísimo Sacramento de la Minerva fue aprobada, difundida y engrandecida por el Papa Paulo III, según la bula “DominusNoster Chistus”, de 30 de noviembre de 1539, por la que otorgaba indulgencia y beneficios espirituales a los hermanos, no solo romanos, inscribieran en cofradías instituidas bajo este nombre en todo el mundo cristiano y que se agregasen a ésta Archicofradía Sacramental, extendiendo todos los títulos y bienes concedidos y que se concedieran a las compañías que utilicen dicha denominación de “La Minerva”.

Los últimos ocho siglos de la historia de la Iglesia suponen un notable incremento en la devoción a Cristo, presente en la Eucaristía. A partir del siglo XIII la devoción del Sacramento se va difundiendo más y más en el pueblo cristiano, haciéndose una parte integrante de la piedad católica común. La adoración eucarística de las cuarenta horas, por ejemplo, tiene su origen en Roma, en el siglo XIII.

Esta costumbre, marcada por el pecado – cuarenta horas permanece Cristo en el sepulcro- recibe en Milán, durante el siglo XVI, un gran impulso a través de San Carlos Borromeo. Después, Clemente VIII fija las normas para su realización y Urbano VIII extiende esta práctica a toda la iglesia.

La primitiva Cofradía del Santísimo Sacramento de la Parroquia de los Santos Mártires data del siglo XVI (alrededor de 1520), según todos los estudios realizados y documentos examinados, teniendo su origen en las cofradías eucarísticas promovidas por Dña. Teresa Enríquez y auspiciadas por los franciscanos. La cual, en virtud de lo dispuesto por Paulo III, en 1539 quedó agregada posteriormente a la Pontifica Archicofradía de la Minerva, de Roma, pasando a disfrutar de todos los títulos, gracias y privilegios a la misma concedidos. Posteriormente, el 7 de diciembre de 1604, el Papa Clemente VIII promulgó la Constitución “Quaecumque”, que regulaba el derecho de asociación, constatándose cómo las Ordenes Mendicantes constituyeron una rica manifestación del fenómeno asociativo eclesial, ya que a partir del siglo XVIII se generalizaron las Terceras Órdenes y otras asociaciones, que agregadas a aquellas Órdenes mendicantes participaban de sus privilegios y gracias espirituales, persiguiendo una mayor perfección de todos sus miembros.

La Constitución de Clemente VIII nos recuerda unas facultades que los anteriores Pontífices habían concedido a las órdenes religiosas, institutos, archiconfraternidades de fieles y otras asociaciones eclesiales, consistentes en erigir, instituir, agregar cofradías y colegios, así como comunicarles los propios privilegios, indulgencias, facultades y otras gracias espirituales, sin que fuera preciso observar ninguna forma determinada para ello.

El auge de estas asociaciones se incrementó considerablemente a lo largo del siglo XVI. Este incremento devocional se debió sin duda a las recomendaciones emanadas desde el Concilio de Trento (1545 – 1563), instando a la propagación del culto eucarístico como medio de reacción contra las herejías protestantes. Dogmatizando el Sacramento por medio de la doctrina de la Transubstanciación, mediante la cual, las ofrendas del pan y el vino se convierten a través del sacrificio eucarístico en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se insiste en la proclamación del triunfo de la Eucaristía como base principal de la teología católica. Todo ello se va a traducir en el plano práctico, en la creación de espacios específicos en donde se van a desarrollar tales celebraciones litúrgicas: las capillas sacramentales.

La corporación de los Mártires se va a imbuir de ese espíritu trentino que, explicitado en posteriores normativas eclesiásticas, va a incidir en un mayor desarrollo de las prácticas eucarísticas. Pese a que la escasez documental nos impide conocer exhaustivamente la vida de la Cofradía desde sus inicios, si tenemos constancia de la fundación de una asociación filial en 1645, la Ilustre Hermandad de la Esclavitud del Santísimo Sacramento”, cuyos 72 hermanos “de calidad”, elegidos por su condición nobiliaria y de feligreses de la Parroquia, se comprometieron incluso a “defender que la Virgen Nuestra Señora fue concebida sin pecado original en el primer instante de su Concepción, preservada de él por sus méritos de la Pasión de Cristo, Nuestro Redentor, su hijo, protestando dar la garganta a cuchillo en defensa de esta verdad”.

En 1713, la primitiva Archicofradía decide trasladar su originario lugar de ubicación y “labrar otra capilla cómoda para Sagrario, culto y bendición de su Divina Majestad” dentro del propio templo parroquial. Para ello, consiguieron la cesión del solar contiguo a la torre, junto al cementerio, en donde comenzaron a edificar un retablo en el que ubicar la imagen de Nuestra Señora de la Concepción, así como una bóveda para enterramientos al modo de las existentes en las iglesias de San Juan y Santiago, regentadas ambas por corporaciones sacramentales. Sin embargo, los elevados costes de las obras superaron las limosnas de los cofrades y feligreses, hasta que en 1729, D. Andrés Natera Salvatierra y Prados, Caballero de la Orden de Calatrava, por su especial devoción al Santísimo y afecto singular a la Parroquia, ofreció la limosna de diez mil reales de vellón para acabar las obras, con la condición de que dicha cofradía le cediese a perpetuidad, para sí y sus herederos, su anterior capilla propia que tenía junto al Baptisterio de la referida iglesia.

Ésta no va a ser la única empresa artística que promueve al Cofradía. A partir de 1756 va a llevar a cabo la reordenación y ampliación espacial del templo, consistente en la construcción de una nueva cabecera y edificación de las naves laterales, atendiendo a un doble criterio monumental de exaltación: por un lado de la Eucaristía como Sacramento primordial de la Iglesia; y por otro, como lugar de veneración a los Santos Mártires. Así pues, las obras comenzaron siguiendo unas trazas dadas por el Maestro Mayor de la Catedral, Antonio Ramos, y prosiguieron hasta el 17 de junio de 1777, fecha en la cual, se celebró una solemne Función conmemorativa de la bendición del renovado templo.

Aunque a medida que se realizaban las obras se modificó el proyecto inicial, insertándose en el testero de la Capilla Mayor un gran retablo con camarín, del resultado de las mismas se coligen dos importantes consecuencias: por un lado, la unión espacial de un esquema basilical en el que se insertan las naves del cuerpo de la iglesia, con otro circular conformado por la cabecera trilobulada en la que integran el crucero, presbiterio y Capilla Mayor, rememorándose así los modelos de edificios -como el Santo Sepulcro de Jerusalén– que desde la era paleocristiana se dedicaban al culto de los mártires; en segundo lugar, esta simbología espacial evocativa se completaba con la disposición bajo la cúpula de un Tabernáculo que albergaría el Sagrario, evocando a Cristo como Rex Martyrum, ya que a través de su Pasión y Muerte redime a la Humanidad de todos los pecados, convirtiéndose el recinto en una monumental capilla Sacramental.

Tal planteamiento espacial se completaba con un magnífico repertorio iconográfico que ahondaba aún más en tal sentido, ya que al asignar a las naves una determinada virtud teologal (la central es la Fe, la de la Epístola es la Esperanza y la del Evangelio la Caridad), se interpelaban a los fieles a través de la persuasión barroca, para que siguiendo el virtuoso y triunfal camino de los Santos aniquilados por su inquebrantable filiación cristiana, pudiesen convertirse y alcanzar la contemplación del Cuerpo y la Sangre de Cristo celosamente custodiados en el ciborium, situado bajo la cúpula octogonal en donde se representa a modo de cielo la Iglesia Militante (Padres de la Iglesia). Y todo ello cubierto con una exuberante y delicada decoración de rocalla, en la que destacan sobre manera las palmas, atributos esenciales de los Santos Mártires.

De toda esta ardua tarea de renovación interior, se observa que la Archicofradía Sacramental de los Santos Mártires se convirtió en una de las asociaciones más pujantes a lo largo del todo el siglo XVIII, superando con creces la actividad de las corporaciones nazarenas del momento. Pero un decaimiento asociativo-cultural se produjo a partir de las primeras décadas del siglo XIX, centuria en la que se unió a la Cofradía de Nuestra Señora de la Concepción Dolorosa para escaparse la reducción de hermandades decretada años antes por Carlos III. En 1920 la Hermandad de la Virgen se fusiona con la Cofradía de la Oración del Huerto, formando desde entonces una sola corporación denominada Muy Ilustre y Venerable Cofradía de Nuestro Padre Jesús Orando en el Huerto y Nuestra Señora de la Concepción Dolorosa

No aparecía mención en este título a la Archicofradía Sacramental, pero tampoco existe ningún documento en el que los hermanos quisiesen renunciar a su anterior unión con ella. Lo que sucedió es que la corporación resultante tras la fusión hizo una dejadez de los cultos sacramentales, cayendo en el olvido hasta el año 1995, fecha en la que con motivo de los actos de celebración del 75º aniversario de la fusión, la Hermandad acudió a la autoridad eclesiástica a fin de que se le reconociese su vinculación con la Sacramental de los Santos mártires, así como el derecho que le asiste de utilizar los títulos honoríficos correspondientes y el de lucrar las gracias e indulgencias concedidas, pues en base al vigente Derecho Canónico “los derechos adquiridos, así como los privilegios hasta ahora concedidos por la Sede Apostólica, tanto por personas físicas como jurídicas, que estén en uso y no hayan sido revocados, permanecen intactos”, y estimando que desde 1920 a 1995 no habían transcurrido los cien años que por derecho se requieren para que se considere extinguida la primitiva Archicofradía del Santísimo Sacramento, el obispado de Málaga resolvió recuperar el título correspondiente a esta Archicofradía Sacramental, agregada en su día a la Cofradía de Nuestra Señora de la Concepción Dolorosa.

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