Nuestro Padres Jesús Orando en el Huerto
Fernando Ortíz (1717-1771) imaginero que constituye una de las figuras más importantes en el arte malagueño del siglo XVIII modeló la madera hasta extraer las bellas formas que ésta ocultaba, ensamblando sus fragmentos para dar vida al hombre que oró en Getsemaní, cuyo rostro ensangrentado, refleja la expresión de dolor y sufrimiento de aquel trance. La perfección anatómica y la escrupulosidad en alreproducción de los detalle corporales, hace de esta imagen una de las obras cumbres de la carrera de su autor. Así pues, nuestra Hermandad puede enorgullecerse de contar en la actualidad con una de las tallas mas sobresalientes realizadas en nuestra ciudad por un artista local. El autor percibió por la hechura de la imagen la cantidad de 4225 reales de vellón.
Talla de cuerpo entero, de gran fuerza expresiva, en la que destacan la tristeza contenida que emana de sus ojos, la aflicción de su semblante, los rasgos semíticos, la hebrea barba partida en dos y la perfección de sus manos elevadas en actitud suplicante. De impronta dieciochesca, lleva peluca de largos cabellos culminados en tirabuzones, algo habitual en dicho siglo para simbolizar la realeza de Jesús. En su rostro se aprecia el sudor de la sangre.
La sardineta, fajín o cíngulo que ciñe la túnica a la cintura de la imagen, se trata de una prenda característica de nuestra Corporación, en origen, esta prenda, terminada en dos puntas simulando la forma de un pez, era utilizada por sacerdotes para adornar sus hábitos.
El pasaje evangélico que representa es la escena de la Oración en el Huerto de Getsemaní, uno de los instantes más dramáticos del ciclo pasionista, en el que se manifiesta la naturaleza humana de Cristo junto con su lado divino. Tras celebrar la Pascua judía con sus discípulos, momentos antes de comenzar su pasión, Jesús, cansado y abatido por la inmensa sensación de soledad y temor que le invadió, se arrodilló al pie de un olivo y clamó a Dios su súplica: “¡Padre Mío!. Aparta de mí este cáliz de amargura, si esto es posible; más no se haga mi voluntad sino la tuya”. En poco tiempo, la profunda angustia que de él se apoderó, se vió empañada por la sangre que comenzó a brotar de sus ojos y poros, recorriendo lentamente los surcos de su cara y tiñendo de rojo los mechones de su barba. En ese momento, un ángel bajo del cielo para confortar al Señor y mitigar su dolor. (San Marcos 14, versículo 32 al 42, San Lucas, 22, versículos 39 al 46 y San Mateo 26, versículo 36 al 46).